Cuántas veces hemos deseado ser más altos, más fuertes y más guapos. Pero con el paso del tiempo vas descubriendo el bello arte de la aceptación de uno mismo, y que de donde no hay mata, no hay patata.
De la misma manera me he topado a lo largo de toda mi carrera con bastantes directores de marketing y product managers que, al igual que hacen los papás con sus hijos, idealizan a sus retoños. En este caso, el retoño más listo, más guapo y que mejor «me come», es su target. Con ello quiero decir que no siempre podemos elegir nuestro target ideal, ya que el consumidor es el que le acaba dando uso o desuso a nuestros productos y marcas. Y que muchas veces, quién acaba siendo el principal target de nuestro producto, es quien menos habíamos pensado en un principio.
Inconscientemente, todo el mundo utilizamos sesgos autorreferenciales y prejuicios, a la hora de intentar empatizar y comprender a los demás. La experiencia, dos ojos y dos oídos bien abiertos, y una actitud «paidéica» a lo largo de toda la vida, harán que cada día afinemos más y más nuestro target, y nos demos cuenta que, en realidad, nuestro retoño es bajito, moreno y mas bien normalito.




