Hoy es mi primer día. Hace sueño en el vagón. En su interior, el tiempo no transcurre, sólo sucede.
Siento como soy evitado por decenas de miradas huidizas, que miran buscando no encontrar nada. Otras no son capaces de abandonar el interior de un libro, o un netbook, o cualquier cosa que les pueda evitar la presencia de quien tienen sentado delante. Parece ser que las sonrisas no viajan en metro por la mañana.
Miro por la ventanilla. Observo cómo la luz del interior del vagón se proyecta sobre el tejido de arterias y tripas que transcurren veloces afuera. Por dentro pienso que todos esos intestinos de hormigón son lo más humano que voy a encontrar a esta hora.
Entonces me doy cuenta que bajo la ciudad no hay estrellas. Quizá algún sueño roto, o alguna realidad estrellada, pero nada brilla si no es alumbrado por un fluorescente de bajo consumo.
Por fin llego a mi parada. Me levanto. La gente se agolpa frente a la puerta, parece que salir de este vagón es lo más importante que van a hacer en todo el día. La apertura de las puertas marca la salida de una carrera imposible hacia una meta improbable. Una carrera que todos hemos perdido cuando hemos subido a este vagón.
Corro hacia la salida sin tener prisa por nada. En realidad voy bien de tiempo, pero la urgencia la marca aquel que llega tarde a su trabajo, y el resto corremos tras él.
Ya en las escaleras, todo comienza a adquirir otra tonalidad. Conforme voy subiendo, los colores son más colores. Atrás dejo el inframundo, a Tánatos dándole fuego a Eros en las escaleras, el Madrid olímpico, lo absurdo, lo que ha de permanecer bajo tierra.
Ummm… El sol inunda mi cara de nuevo. Sonrío.
¿Sabéis? Hoy es mi primer día.

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