DEJÁNDOSE VIVIR

Blanco. No paraba de mirar al techo desde la cama. Ese techo era lo único que me separaba de poder ver el cielo, y lo único que me condenaba a la obscena realidad de aquella exigua pensión. Era un techo blanco, alto, muy alto, lleno de manchas de humedad disimuladas con una mano de pintura mal dada. Aquel techo lechoso era todo lo que quería, y podía ver en ese momento.

Eran las once menos cuarto de la noche, más o menos, y seguía mirando el techo de aquella habitación. La televisión sonaba de fondo, aunque no recuerdo que narices echaban en aquel instante. Solo recuerdo el blanco del techo, mi frente caliente y mi garganta de espino.

Parecía que la fiebre no tenía intención de abandonarme. Era el cuarto día que mi frente ardía, frente al espejo, cada vez que iba a mojar la toalla en el lavabo para aliviarla. La fiebre me mantenía con la cabeza ocupada, haciendo que me olvidase de mi verdadera preocupación en aquel momento: Llevaba tres meses en una ciudad que no se dejaba vivir.

No sabía si la ciudad no estaba hecha para mi, o si solo era algo pasajero. Daba igual… En aquel instante, mi única verdad eran los posos de paracetamol decantados en el fondo del vaso que acababa de preparar.

 

 

 

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