Categoría: Mis cosas

  • EL EMAIL

    EL EMAIL

    Algo llama mi atención.

    Salto con la mirada, desde la esquina de la pantalla del ordenador, al parque que hay tras mi ventana.

    Hace una mañana de primavera estupenda. Una de esas que huelen, que se dejan sentir con los ojos cerrados y que casi puedes tocar con la punta de los dedos.

    Unos niños juegan a coger en el parque, el sol brilla exultante en el cielo, y yo ya estoy allí.
    Corren, se esquivan, hacen juegos de cadera imposibles para escapar unos de otros.

    Cierro los ojos e inspiro fuerte.

    Hace tanto tiempo que no veo a nadie jugar; jugar así, quiero decir. Jugar como solo un niño sabe jugar. Jugar sin pensar, sin preocuparse. Jugar por que sí, sin más, en mayúsculas: JUGAR.

    Sigo allí, con los niños, en el parque; bajo la primavera, entre sus olores.

    Algo me vuelve a llamar la atención. Ya no están. Se terminó el juego, se apagaron las risas.

    Quietud.

    Mi mirada se retrae, a través de la ventana, hacia la pantalla del ordenador. Vuelve buscando, como si de un niño que acaba de hacer una travesura se tratase, la esquina de la pantalla por donde escapó.

    Parpadea una alarma de Outlook, tengo un email en mi bandeja de entrada.

    ¿Y si lo leo mañana? No quiero saber lo que dice.

    Lo único que necesito saber ahora es que, es martes y hace un día maravilloso.

  • LA MENTIRA

    LA MENTIRA

    Soy un farsante.

    Me hago pasar por alguien que sabe escribir.
    Trabajo escribiendo anuncios, haciendo como que hago ingeniosos juegos de palabras; pero no tengo ni idea de nada de eso.

    Soy alguien que piensa que ermita debería escribirse con h -“hermita”-, porque una h minúscula se parece mucho a una ermita, con su nave y su campanario. Porque si llueve, el resto de las letras podrían guarecerse dentro de la h. Porque la h es muda y nadie se enteraría de nada de esto que os estoy contando. Nadie se enteraría de que ermita se escribe con h, ni de que yo soy un impostor.

    Sigo escribiendo.

    Vivo con la angustia de que algún día me descubran: me desenmascaren.
    Mientras, sigo redactando anuncios. Sigo haciéndome pasar por alguien que sabe utilizar Word y que entiende lo que garabatea.

    Sin embargo: “Hermita” es mentira… y yo, un farsante.

     

  • DEJÁNDOSE VIVIR

    DEJÁNDOSE VIVIR

    Blanco. No paraba de mirar al techo desde la cama. Ese techo era lo único que me separaba de poder ver el cielo, y lo único que me condenaba a la obscena realidad de aquella exigua pensión. Era un techo blanco, alto, muy alto, lleno de manchas de humedad disimuladas con una mano de pintura mal dada. Aquel techo lechoso era todo lo que quería, y podía ver en ese momento.

    Eran las once menos cuarto de la noche, más o menos, y seguía mirando el techo de aquella habitación. La televisión sonaba de fondo, aunque no recuerdo que narices echaban en aquel instante. Solo recuerdo el blanco del techo, mi frente caliente y mi garganta de espino.

    Parecía que la fiebre no tenía intención de abandonarme. Era el cuarto día que mi frente ardía, frente al espejo, cada vez que iba a mojar la toalla en el lavabo para aliviarla. La fiebre me mantenía con la cabeza ocupada, haciendo que me olvidase de mi verdadera preocupación en aquel momento: Llevaba tres meses en una ciudad que no se dejaba vivir.

    No sabía si la ciudad no estaba hecha para mi, o si solo era algo pasajero. Daba igual… En aquel instante, mi única verdad eran los posos de paracetamol decantados en el fondo del vaso que acababa de preparar.

     

     

     

  • Día uno: El metro

    Día uno: El metro

    Hoy es mi primer día. Hace sueño en el vagón. En su interior, el tiempo no transcurre, sólo sucede.

    Siento como soy evitado por decenas de miradas huidizas, que miran buscando no encontrar nada. Otras no son capaces de abandonar el interior de un libro, o un netbook, o cualquier cosa que les pueda evitar la presencia de quien tienen sentado delante. Parece ser que las sonrisas no viajan en metro por la mañana.

    Miro por la ventanilla. Observo cómo la luz del interior del vagón se proyecta sobre el tejido de arterias y tripas que transcurren veloces afuera. Por dentro pienso que todos esos intestinos de hormigón son lo más humano que voy a encontrar a esta hora.

    Entonces me doy cuenta que bajo la ciudad no hay estrellas. Quizá algún sueño roto, o alguna realidad estrellada, pero nada brilla si no es alumbrado por un fluorescente de bajo consumo.

    Por fin llego a mi parada. Me levanto. La gente se agolpa frente a la puerta, parece que salir de este vagón es lo más importante que van a hacer en todo el día. La apertura de las puertas marca la salida de una carrera imposible hacia una meta improbable. Una carrera que todos hemos perdido cuando hemos subido a este vagón.

    Corro hacia la salida sin tener prisa por nada. En realidad voy bien de tiempo, pero la urgencia la marca aquel que llega tarde a su trabajo, y el resto corremos tras él.

    Ya en las escaleras, todo comienza a adquirir otra tonalidad. Conforme voy subiendo, los colores son más colores. Atrás dejo el inframundo, a Tánatos dándole fuego a Eros en las escaleras, el Madrid olímpico, lo absurdo, lo que ha de permanecer bajo tierra.

    Ummm… El sol inunda mi cara de nuevo. Sonrío.

    ¿Sabéis? Hoy es mi primer día.

     

  • Yonquis, putas y marcas

    Yonquis, putas y marcas

    » Cada vez abro Facebook para vomitar mierda pseudo-intelectual sobre mi muro, me encuentro con que una marca quiere ser mi amiga. ¡Una marca! Joder, no puedo ser amigo de una marca, al igual que no puedo ser amigo de mi camello.

    Con mi camello tengo una relación cordial, y hasta me parece un tío majete, pero hasta ahí: Los dos sabemos lo que buscamos el uno del otro.

    Mi camello nunca se va a preocupar por si la mierda que me vende un fin de semana tiene demasiado corte y voy a sangrar por la nariz, o si estoy tirando mi vida por el retrete por culpa de su basura adulterada. Lo único que le importa es que le compre, y compre. Cuanto más, mejor.

    Porque, es de lo que se trata, ¿no?, de vender. ¿O a qué coño estamos jugando?

    ¿Marcas amigas? ¡A la mierda! Prefiero a mi camello. Por lo menos él siempre viene de cara.»